HO VISTO MARADONA

Consumado un nuevo traspié argentino en la historia mundialista, pensé en todas aquellas personas de veinticuatro años o menos (desde ya que fue un pensamiento puramente egocéntrico)  que jamás vieron salir campeón del mundo a nuestra selección de fútbol. Por un momento me horroricé aún más al darme cuenta que muchos de esa franja etaria ni siquiera vieron jugar a Maradona. Solo conocen jugadores que de no ser por el movimiento que despliegan domingo tras domingo en las canchas europeas, bien podrían ser muñecos de vitrina, ya que uno asocia a esas estrellas con tal o cual producto; estrellas que dejando atrás un pasado personal se convierten en muñecos de Playstation. Muy pocos son los jugadores de fútbol que tienen más de cinco años brillantes en su rendimiento. Esta volatilidad tiene sobrados motivos que seguramente no hacen a la esencia de este relato. 

  También pensé en que nuevamente ejercitamos la gramática ucrónica: “¿Qué hubiese pasado si el cambio de Otamendi por Pastore hubiese sido antes del segundo gol de Alemania? ¿Qué hubiese pasado si Diego cambiaba el sistema táctico para el partido de cuartos?… ¿Qué hubiese pasado si Palermo no le marcaba el gol a Perú? Estas, y otras, son las preguntas que uno se formula para justificar, mediante lo imposible, el dolor que más le molesta, para convencerse que nada ha ocurrido y que todo está por hacerse.

 La genealogía de la historia de Maradona como DT es, en principio, siniestra. Venía  a reemplazar la supuesta mística de Basile por la mística de la generación dorada de 1986. Creer que Maradona por el hecho de haber sido el mejor jugador del mundo podía revertir la mala campaña en las eliminatorias era una actitud cuanto menos curiosa, y los partidos se encargaron de demostrar lo confuso y sombrío del panorama.

  Bastó que Maradona apoyara al programa gubernamental “Fútbol para todos” (y, por ende, a la Ley de servicios audiovisuales) para que casi toda la prensa estuviera en contra de su gestión como entrenador, además de estar en contra de la gestión política nacional. Claro, uno puede pensar que eso no necesariamente tiene que ser un inconveniente que afecte el curso de los acontecimientos futbolísticos. El hostigamiento se exacerbaba cada vez más de parte de los contreras de siempre, quienes sostenían que Maradona no era técnico y para demostrar sus palabras sacaban a relucir los ignotos pasos de Diego como entrenador por Mandiyú de Corrientes y Racing. Era algo parecido a “la máquina de impedir” futbolera, dándose el hecho de que lo futbolístico y lo extra futbolístico convergían en el campo de juego. Asimismo, la convocatoria a más de cien jugadores entre los del medio local y los que militan en el exterior, llenaba las caras de sonrisas malévolas a quienes veían, con asombro inaudito, amistosos contra selecciones de poca monta. Si para fines del año pasado se graficaba la situación con una imagen laberíntica, hubieran dicho que Diego era Teseo sin el hilo. Pero quien reflexionara un segundo más no solo como fervoroso admirador suyo y conocedor de su historia sino como contemporáneo al inicio de los traspiés argentinos en mundiales, diría que Diego no solo era Teseo, también era el Minotauro. Nadie, con el dolor de los cuatro goles de Alemania hoy, puede alcanzar a imaginar lo que debió haber sido la soledad de Maradona ayer: cuando se elige mirar todo oblicuamente, nada puede ser comprendido.     

  A pesar de algún que otro descalabro defensivo ya crónico, el equipo ganaba y gustaba; salvo en el partido contra Corea del Sur en que además sumó la goleada. El resto, lo de siempre cuando Argentina triunfa: móviles televisivos con periodistas de fútbol hablando hasta de las cualidades de las casas de dos pisos en el lugar que fuere, en este caso Pretoria; celebridades (cada vez más devaluadas) que van a ver los partidos cuando en realidad no conocen demasiados jugadores salvo a Messi; entrevistas en Buenos Aires sobre la “opinión de la calle” luego de cada partido; pronósticos de resultados antes de cada encuentro a cargo de astrólogos, pulpos o ex jugadores: todo da igual, y así podríamos seguir con las cosas que uno recuerda y tanto le molestan en el sinsabor de la derrota.

  Previo al partido frente a México recuerdo haber manifestado en voz alta (minutos antes del arranque del partido) que veía a la selección como candidata en tanto y en cuanto viese que se sobreponía a un resultado adverso. Hasta entonces, todos los triunfos de primera ronda fueron con el primer gol de Argentina en el partido: el único gol recibido, el de Corea, ya contaba con Argentina arriba por dos tantos de diferencia. Esa era mi única inseguridad. Por ello pensé que esa podría haber sido la oportunidad ideal para el equipo de probarse en desventaja. En los estudios de televisión, muchos decían que Maradona se acababa de consagrar como técnico por llevarnos hasta cuartos; que estaba haciendo las cosas correctamente, los cambios adecuados y la motivación perfecta. Visto desde Diciembre del año anterior todo esto hubiese sido milagroso.

  De acuerdo a mi condición de historiador me pregunté: ¿Cuál es la función de Messi en el equipo? ¿Está para hacer goles desde la posición de extremo derecho? ¿Para quitar pelotas en el medio? ¿Para molestar a los defensores? ¿Para asistir a los delanteros como un diez clásico? ¿Para patear desde afuera cuando parece que ninguna pelota puede entrar? ¿Está para ordenar el equipo desde dentro del campo? Este existencialismo futbolístico llevado al paroxismo me hizo preguntar si Argentina era verdaderamente un equipo, si había un sistema de juego además del 4-3-3 de los partidos previos y si en algún momento alguien se puso a pensar que no es posible jugarle de la misma manera a Alemania que a Grecia, y que el lema “equipo que gana no se toca” es demasiado antiguo para jóvenes de Playstation. Son los lugares comunes más o menos contemporáneos que anidan en la estructura del futbolero argentino: la mística, “el fútbol que le gusta a la gente”, las tres g: ganar- gustar- golear, los diez tipos detrás de la figurita del plantel, “equipo que gana no se toca”.

 Aprovechando el buen desempeño de los sudamericanos en el torneo y en medio de toda la vorágine de imágenes y palabras que nos deparan los mundiales en esta época hiper mediática, vi en el programa 6-7-8 una discusión interesante al menos desde lo retórico: “¿Se juega como se vive?” se preguntaban; y una pizca de claridad del sociólogo Pablo Alabarces fue suficiente para replantear: ¿Como vive quién? (de los once titulares argentinos, solo uno vive en el país: Otamendi). A juzgar por el funcionamiento del equipo frente a Alemania, no reconocí en el campo situaciones que tengan reflejo directo en la sociedad argentina del 2010 (salvo el cartel en apoyo a la candidatura de “Abuelas” al premio Nobel de la paz) en la que anidan movilizaciones populares a favor de la Ley de Servicios audiovisuales, del casamiento entre personas del mismo género, festejos del bicentenario, discusiones políticas que mancomunan personas en diversas esferas y posiciones políticas en discusión. Allí hemos pasado por alto otro lugar común en el fútbol: el de las “sociedades”. Por ello me formulaba las preguntas que antes marqué sobre la presencia de Messi en el campo. Con esto trato de pensar las cosas un poco más allá del simple argumento: en Barcelona las hace y acá no. Intento pensar, a partir de un jugador en particular, el sistema de un equipo. Pensar a partir de un individuo, una suma de individualidades y su opuesto, un equipo. Todo esto se debe a que nadie se hubiese atrevido a sacarlo del equipo titular. Nadie duda que él hubiese querido ganar y ser goleador, pero la exacerbación del individualismo nada tiene que ver con dinámicas de conjunto que pueden ser menos deslumbrantes que el lujo de un 10 que no es enganche. Messi es producto de un problema: el de no poder sostener a nuestros pibes por la razón que fuere (generalmente económica) y el de su emigración temprana, la mercantilización desesperada de los clubes (los verdaderos semilleros), su consecuente colapso económico y los malos manejos dirigenciales (empezando desde la AFA). Estos son otros tantos lugares comunes que hacen al mundo futbolero argentino, pero tenidos muy poco en cuenta. Son debates pendientes en el fútbol y que de darse, tal vez mejoren nuestra situación a futuro.  

  No sabré decir cuál es la próxima noticia futbolística que nos deparará la selección. La equiparación entre Diego Maradona y el triunfo ya no será tan directa sino un selecto tesoro de los mayores de veinticinco (el propio Messi es menor a esa edad). Terminado el partido contra Alemania pensé en una última cosa: las últimas imágenes de cada frustración. En el ´90, Diego con la camiseta azul de la selección muy transpirada y una dolorosa medalla plateada húmeda también por sus lágrimas. En el ´94, el mismo hombre de la mano de una enfermera como un ganado frente a sus últimos minutos de vida. En el ´98, el cabezazo del “burrito” a Van Der Sar. Cuatro años más tarde, un incomprendido DT en cuclillas y un jugador calvo pidiendo mesura a sus propios compañeros. En Alemania, Messi sentado en la zona del banco de los suplentes, molesto por no haber entrado en el alargue previo a los penales definitivos. Por un motivo u otro y en circunstancias diversas, Diego figura al principio y al final de esta sucesión de traspiés. Aunque hoy he visto un hombre de traje color perlado abrazando y besando a su hija. Hoy he visto Maradona.

“Charly” Sánchez.

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~ por historiaenmarcha en 7 julio, 2010.

2 comentarios to “HO VISTO MARADONA”

  1. Verdaderamente, lo que esta sucediendo con la continuidad, o no, de Diego Maradona como DT de la selección, se esta convirtiendo en una de las cosas más insólitas que he visto en mi vida. Yo tengo 26 años y, por supuesto, no he sido testigo del Maradona de los ´80, pero si del ´94 en adelante, con sus esporádicas apariciones futbolísticas en Boca, Newells, e inclusive como DT en Racing!!!
    Que todo el arco oficialista mediático se haya puesto a favor de la continuidad de Maradona en la selección por el hecho de ser un bastión en la lucha por la defensa de la nueva Ley de Medio Audiovisuales, y para oponerse a la cultura triunfalista de los argentinos, me parece un sin sentido total… Maradona demostró, en las eliminatorias y en el mundial, que sus capacidades como DT no están por encima de nadie, e inclusive por debajo de muchos, y el abrumador resultado por el cual la selección tuvo que retirarse del mundial, un 4 a 0 histórico (así como lo fue la goleada ante Bolivia), creo que son motivos suficientes para dejar su cargo, como lo dejó Pekerman hace 4 años, siendo un DT sumamente exitoso, y habiendo siendo eliminado del mundial sólo por un penal. Como argentino futbolero que soy, quiero ganar siempre, y no voy a apoyar a Maradona simplemente porque comparto sus posiciones políticas en cuestiones en las que yo pienso exactamente lo mismo que él. Pero el fútbol es el fútbol, y no podemos estar mezclando todas las cosas porque sí.
    Hoy por hoy, Clarín tiene argumentos de sobra para criticar al 10, lo cual utiliza para pegarle indirectamente al gobierno, la misma táctica que se utiliza en programas como 678 y Duro de domar, defendiendo el 10 para pegarle a Clarín, programas que, dicho sea de paso, se han tornado imposible de mirar en el curso de los últimos meses… O todo o nada, es el lema de la lucha política de hoy, la cual comprendo perfectamente, y considero legítima para polarizar los contendientes de la lucha social de hoy. Pero yo pongo un límite, el fútbol. Hemos sido derrotados de manera vergonzosa, y la mejor manera de aceptarlo es dar un paso al costado. La lucha social se gana en las calles y no en el banco de un DT, porque sino estaríamos cayendo un absurdo difícil de salir.
    En definitiva, apoyo al gobierno en la gran mayoría de sus políticas actuales, pero en este tema de Maradona, no comparto absolutamente nada.

  2. me pone contento que te hayas tomado un buen tiempo en contestar la nota, quiere decir que la has leído en profundidad. igualmente en ella no alabo la forma de jugar de la selección, me parece que no se adecua a mi paladar ( que tiene el sabor de la derrota). más allá de esto, no quise hacer una defensa de Maradona como figura que “banca” a este gobierno sino que quise pensar a Maradona como ídolo futbolístico de este país, y que sus avatares y ascensos y descensos corren parejo con las idas y vueltas políticas en la Argentina. quise verlo como el padre que abraza a su hija por un traspié y menos por el contexto político; quise verlo como persona y menos como el personaje que estuvo sentado en el banco de suplentes durante todo este tiempo.

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