Argentina bien vale un Oscar: No todo es tan negativo.

Argentina bien vale un Oscar: No todo es tan negativo.

Las presentes líneas no tienen por objetivo discutir una obra artística a partir de sus fundamentos estéticos. De hecho, no hay cuota alguna de teoría artística en este escrito, el cual surge un poco por interés y otro poco por insomnio. Debo confesar que he visto mas de una vez El Secreto de sus Ojos, lastimosa confesión la de quien, viviendo entre libros, se acerca a la obra de Eduardo Sacheri a partir de una adaptación cinematográfica de La Pregunta de sus Ojos. Cierta desidia, y hasta algo de desconfianza por algunos productos culturales de consumo masivo me despojaron de la idea de verla a su debido tiempo. Sin embargo, creo haber dado una vuelta entera al circuito comercial, o por lo menos tomar por un atajo del mismo, al comprar una copia ilegal, y por ende a menor costo, del film antes mencionado. Después de esta poco ilustre presentación, que bien pudo haber sido omitida por orgullo personal, quisiera ir desandando el camino de la narración.
Al masticar algunas ideas después del primer encuentro con la obra, me propuse hablar de hechos concretos, algunos del pasado y otros del presente, de personas y de personajes, de El secreto de sus ojos y de La historia oficial. Gran juego de reminiscencias pude encontrar entre ambas obras. De esta habrá algo más que una simple pero no menos importante mención ya que el grueso de las siguientes líneas hacen especial énfasis en las vinculaciones sociales con la actualidad nacional que tuvo la producción de El Secreto de sus Ojos. Sostendré con no poco atrevimiento y menos pruebas concretas que, respetando su época particular de concreción, tales films pueden ser tildados de “oficialistas”. No discurriré aquí sobre las implicancias políticas del arte cinematográfico ni de cualquier otro. Considero que esto último es un error grave para un escrito que pretende ser un breve ensayo, aunque cada lector sabrá a qué lecturas remitirse para profundizar aquella vinculación entre cine y política.
Mis únicas defensas para sostener que tanto El Secreto de sus Ojos como La historia Oficial son películas “oficialistas” están inscriptas en la aproximación existente entre las obras y el clima político en que fueron realizadas. Los juicios a las juntas militares, la CONADEP y el “Nunca Más” han sido motivos suficientes para concebir una película que señaló un viraje, ya desde su nombre mismo, de contar los hechos acaecidos durante la última dictadura militar. Lo que muchas veces se ha señalado como la “primavera alfonsinista” permitió la concreción de obras que se adentraban en temas que hasta entonces eran negados y/o prohibidos de tratar.
Por otro lado, y muy cercano en el tiempo, la tarea encarada por la gestión de N. Kirchner desde 2003 de reabrir los procesos a militares indultados durante la década menemista dio nuevos bríos al debate de temas que hasta entonces eran tabú y que se prefirieron soterrar. Este trabajo, hecho plenamente a consciencia ha sido buena prueba de un vaciamiento general de los demás asuntos pertenecientes al ámbito de lo público en general y lo político en particular. La conversión de la ESMA en Museo de la Memoria, el apoyo moral y material a entidades de derechos humanos por la labor de recolección de documentos relacionados con la época del último proceso militar, la apertura de antiguos centros clandestinos de detención como espacios colectivos de no- olvido, entre otras tareas, le han valido a las últimas dos gestiones presidenciales fuertes críticas desde los distintos ángulos del multifacético arco político argentino que por lo demás sufre periódicos re-acomodamientos.
Pero a diferencia de ese momento de mayor reflexividad en torno a los derechos humanos durante el apogeo alfonsinista traslucido en La historia oficial, el film mas reciente entre ambos, coincide con el momento de mayores críticas al proyecto iniciado en 2003, ahora continuado por Cristina Fernández. El éxito de la primera se corresponde con el masivo apoyo al gobierno iniciado en 1983, sin embargo el éxito de la segunda no parece estar ligado a un ferviente apoyo al gobierno actual. Por tal motivo mi inquietud de ¿Por qué el éxito de asistencias al cine que tuvo el film de Campanella no se corresponde con la adhesión a un gobierno que permanentemente hace hincapié en los derechos humanos? ¿Tan difusa es para el público amplio la relación que existe entre uno de los ejes de la película y lo que se ha encarado como una clara política de Estado? Tal vez muchos piensen que la vinculación es en efecto poco clara no tanto porque uno de los ejes de la película no son los derechos humanos, o mejor dicho, las violaciones a los mismos ya desde la etapa previa al golpe del 76, sino porque se considera que los últimos dos gobiernos han hecho algo por los derechos humanos pero en desmedro del bienestar generalizado. Tal es así que la política de derechos humanos y su inserción en los mas recientes planes educativos, es vista como obra del “oficialismo” por si mismo y no como una política general. Se llega a plantear un maniqueísmo absurdo dentro de cuyas redes quien aboga por las políticas oficiales de derechos humanos es “oficialista” y quien no comulga con ellas, es opositor. Incluso se ha denominado “fascistoide” a algunas medidas relacionadas con la sustracción compulsiva de sangre en caso de dudas respecto de la identidad de alguien. Si bien esto último se entronca en una pelea política de fondo que estorba el libre andar de algunos grandes intereses creados.
No es cuestión de victimizar gestiones pero se trataría de un capítulo más en la larga puja de imágenes e intereses entre el ciudadano y el productor. La escisión que se produce entre ambas imágenes es una resultante errónea que de alguna manera el Estado trata de zanjar haciendo políticas comunes, la falla estriba en que la gran parte de la población recela de la mayoría de las medidas tomadas. La hora final de la tan mentada “Primavera Alfonsinista” con sus impopulares políticas económicas, hiper inflación mediante, ha sido una concreción no menos doliente de estos argumentos tan escuchados en este año del Bicentenario.
El hecho de marcar el terreno por parte del gobierno y de generar una agenda de discusiones en materia de derechos humanos debiera permitirle atender con mejor prestancia a las acusaciones que en sentido integral se le hacen, es decir en temas que desbordan los límites del antes mencionado. Esa actitud que adopta al ser el mascarón de proa de las discusiones cotidianas es consonante con la posición central que asume a la hora de las críticas. Sin embargo, hasta los propios detractores del actual gobierno deben reconocer que la política oficial de derechos humanos ha tenido una finalidad de discusión frente a los argumentos de que con aquella lo único que se ha logrado es generar discordias entre los argentinos: mirar para atrás y no construir hacia adelante, no atender a los verdaderos problemas que nos acucian. Incluso gran parte de la población tiene la sensación de que las políticas de derechos humanos recientemente puestas en curso fueron obra de dos gobiernos y no del Estado Nacional. A esto solo tengo para decir que quien asuma la presidencia en 2011 encontrará que hay un Ministerio Nacional de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, este último agregado ha sido fruto de un cambio que supera la solemnidad de lo puramente nominal.
Más de una vez me ha surgido la inquietud acerca de cómo se han transmutado las personas que tomaron un rol activo en los apararos represivos cualquiera sea su forma durante la última dictadura. ¿Es el señor que se le pone a dar charla al canillita del barrio? ¿O el que se encuentra delante en la fila del banco? ¿Es el abuelo de mi mejor amigo o amiga? ¿Acaso han sido situaciones cotidianas como estas el espacio para la delación y posterior persecución? ¿Cuándo un represor pasa a ser “ex represor”? ¿Cuándo un matón a sueldo deja de serlo? Paranoia a un lado, el personaje de Isidoro Gómez revela que quien puede gritar como nosotros y a nuestro costado el gol del club de fútbol del que somos hinchas, puede ser un asesino. Este personaje devenido en soplón oficial y matón es parte de una cadena que sintetiza la vehemencia con que se ha llevado adelante la política contra lo que se ha denominado subversión: Un ex albañil que de acuerdo a los avatares de la política nacional de la década del 70 se vuelve un protegido político. No quisiera verter un contenido explicito de teoría política o de funcionamiento estatal pero la última dictadura ha cobrado un revestimiento político encarado desde las fuerzas armadas pero que trascendió los esfuerzos de éstas e incluyó, porque la causa así lo ameritaba, civiles dispuestos a cooperar de la mejor manera con los poderosos de turno e incluso contó con cómplices desde los resortes estatales supuestamente encargados de hacer justicia, tal como lo demuestra el personaje del Doctor Romano, que para hacer bien su papel es capaz de encarcelar a dos inocentes (uno de ellos, inmigrante) haciéndolos pasar como culpables de un caso que concluye con la firma de la confesión, paliza mediante (o “voluntariamente” según sus términos).
Sin lugar a dudas, los historiadores debiéramos hacer un esfuerzo ingente en determinar las formas en que se lleva a cabo la dominación dentro de una situación de gobierno de facto a partir de los casos concretos, ya que si bien el poder era detentado por las fuerzas armadas, varios civiles lograron acomodarse de manera especial en el poder en su propio provecho. El ya mencionado Doctor Romano es un fiel defensor del “No Te Metas”, no en calidad de advertencia sino mas bien como sentenciando, insistiendo en la escasa efectividad posible de un recurso de amparo (“La Justicia es una isla en el mundo”) o llenando de loas al propio asesino (Gómez), calificándolo como un tipo que se hace querer a través de su eficiencia a la hora de emprender los trabajos sucios que se le encargan: su pasado oscuro no interesa ya que en ese presente el peligro eran los subversivos, hacia quienes era preciso volcar toda la violencia posible a costa de activar el factor sangre en toda la sociedad sin medir el calibre de los recursos humanos para llevar a cabo la tarea. La actitud de Romano, como de tantos otros que en su lugar tenían una funcionalidad dentro de la última dictadura o en el período inmediatamente anterior, para afrontar una situación crítica aceptaban la necesidad de una preeminencia de la practica por sobre cualquier tipo de teoría. “La Argentina que viene no se enseña en Harvard”; es decir, no habría conocimiento intelectual que valga en una situación tal. Si bien en un Estado de Derecho se cercenan a estos personajes algunas posibilidades de actuar a sus anchas, los casos recientes de desaparición de Julio López, Luciano Arruga, los robos de documentación importante relacionada con la causa Etchecolatz y de otros tristes sucesos, nos invitan a reflexionar sobre la impunidad con que algunos se manejan aún hoy día: estos sí que son verdaderamente errores no ya de parte de los últimos dos gobiernos sino en el funcionamiento estatal.
Justamente resuenan en mi cabeza las palabras del personaje de la película mas interesante a juicio propio, el de Pablo Rago, quien encarna al viudo Morales, un empleado de cuello blanco que sufre un acto vandálico en su casa que concluye con la violación y posterior asesinato de su esposa. A diferencia que muchos otros en la actualidad, él no considera que la pena de muerte sea una retribución del sistema carcelario porque la tranquilidad de una inyección no se compara con el dolor físico sufrido por su esposa ni el dolor emocional sufrido por él mismo. Ve a la pena de muerte como una retribución al asesino, la tranquilidad de la inyección paralizante. Tampoco cree que lo mas adecuado sea hacer justicia por mano propia porque el que mató primero ya habrá encontrado la muerte y quien haya matado en segundo término pasará su vida dentro de una celda. “¿Qué gano con meterle 4 tiros?… La cárcel está bien”. Asimismo sabe que de recibir una pena, el asesino debiera estar a perpetuidad en la cárcel. Sin embargo, en el desenlace de la obra, sostiene que es preferible olvidar, mucho más si han pasado veinticinco años desde los trágicos hechos. “Hace mal en recordar… lo único que nos queda son los recuerdos de personas que ya han fallecido… Es peor tener mil pasados y ningún futuro”. El viraje, como las alternativas que se proponen en torno a la resolución moral del caso podría llenar un gran caudal de páginas acerca de las prácticas sociales y la discursividad que se teje sobre ellas. La estrategia de confusión entre lo que dice y lo que hace Morales ha sido un fenomenal artilugio para desorientar al hasta entonces único investigador que es el personaje encarnado por Ricardo Darín.
Pasado un buen tiempo desde el asesinato de su mujer, el viudo vuelve a recuerdos insignificantes y los distorsiona y ya no sabe si es “Un recuerdo o el recuerdo de un recuerdo”. La demoledora tranquilidad de las palabras proferidas por Morales acerca del olvido es un argumento muy utilizado actualmente en la sociedad y que nos hace volver al menos a las primeras carillas de este escrito. Dicho discurso social se cuela por diversas vías sosteniendo que lo único que se ha logrado es poner a unos contra otros, mirar para atrás y no construir hacia adelante, desentenderse de las noticias cotidianas acerca de la inseguridad que afecta precisamente a gente de clase media como Morales y que es retratado con singular cinismo por los medios de comunicación. “No piense más. ¿Qué importa?”, le recomienda Morales a Espósito (Darín). A pesar del paso del tiempo y con su reciente jubilación sobre sus espaldas, este último personaje decide volver sobre el caso de la mujer de Morales. Tal vez no sean inocentes los intereses de Espósito por posar nuevamente sus ojos sobre la causa, ya que la promesa de justicia a su debido momento y el reflejo de su vida en la de Morales, ambos a la espera de un amor más o menos cercano, le sirve como motor para reemprender la tarea. Nuevamente discurso y práctica vuelven a correr por caminos alternos puesto que según Espósito, si él decide volver al ruedo, a mirar para atrás, ha sido tan solo porque está al final de su vida.
Una puerta forzada, una voz que irrumpe en la oscuridad, “¿Vos sos Espósito o no sos Espósito?”, uno de los tantos matones a sueldo plantea esta duda shakesperiana y Sandoval prefiere resolver la cuestión a través de un cambio en la identidad. Esta escena y otras tantas en las que las fotografías no representan las personas que deben representar plantean una cuestión no menos interesante que ha sido repetida hasta al cansancio por los antropólogos. El topos de la identidad ha sido central a la hora de evaluar los distintos casos de victimas durante la última dictadura, tanto entre quienes se han cambiado forzosamente sus nombres cual Ulises criollos como de aquellos que han sufrido la mayor de las violaciones a la identidad: la desaparición. Recuerdo una frase de Videla diciendo: “El desaparecido no está, no existe”. Viendo varias veces el film se puede clarificar cómo hay una certera correlación entre identidad y memoria.
El vacio, la insatisfacción de no conseguir lo que es justo conduce a los límites de la personalidad en tanto la pérdida es irreparable: “Una vida vacía, llena de nada: ¿Cómo se hace para vivirla?”. Ese es el límite que franquea el personaje de Morales, entre un desquiciado y un inocente que hace justicia por manos propias cuando los aparatos estatales encargados de responder están copados por “intocables” o protegidos. “Hace veinticinco años que me pregunto lo mismo. No preguntes. No pienses. No fue otra vida, fue esta, es esta”. El argumento del olvido (“Pasaron veinticinco años. Olvídese”), de mirar hacia un horizonte, indefinido pero horizonte al fin, es lo que no contenta a Espósito quien no logra hacerle a entender que a fin de cuentas su vida y la de Morales están indisolublemente ligadas por una vinculación algo mas que material.
– Olvídese. Es mi vida, no la suya.
– Es mi vida también.

Este breve fragmento de diálogo entre Morales y Espósito es lo que me ha hecho pensar en aquella cuestión tan central para la antropología y que como historiador no puedo dejar pasar por alto. Sin demasiadas pretensiones científicas, uno de los protagonistas declama: “Es el problema de ver las cosas desde un ángulo distinto, es ver al otro y lo que le pasa lo lleva a ver su propia vida”.
Esas puertas forzadas, esas voces en la oscuridad pudieron ser el equivalente de matones que entran en unos tribunales o que secuestran testigos claves de casos que involucran a militares retirados, a policías con apoyo político y hasta jueces que hacen la vista gorda: estos son los sujetos sociales que no hacen otra cosa mas que ennoblecer el sentido trágico de la justicia que tiene el viudo Morales o los que con él logren identificarse en estos días de robos y asaltos violentos con que los noticieros se encargan de manchar de sangre nuestros hogares aún cuando en algunos barrios afortunadamente los chicos todavía pueden seguir jugando en la puerta de sus casas. La mercantilización de la información causa una sensación tan ambigua como la que experimenta el personaje encarnado por Darín justo al final del film.
No es el triunfo de la mano dura, ni el triunfo de la justicia por manos propias, tampoco es el triunfo de los matones ni mucho menos el triunfo del Estado nacional ya que Gómez no acaba en un penal estatal. Es la derrota de toda la sociedad. Es motivo de alegría que de una buena vez quien tiene que hacer justicia, la haga. La reapertura de juicios contra militares en causas tan amplias como la desaparición forzada de personas o la sustracción de niños es una pequeña muestra de ello; ha sido el Estado Nacional a través de las últimas dos gestiones el encargado de llevar adelante la labor, mirando hacia atrás, como debe ser, pero sin desconocer el presente ni el futuro ya que la justicia no deja de ser una de esas necesidades cotidianas, sobre las que más de uno se llena la boca hablando, de las que debe gozar la sociedad toda. Creo que la encarnación del universal por parte del Estado- Nación está tan presente en este Bicentenario como sus límites no estaban del todo claros hace exactamente cien años atrás cuando el compás europeo marcaba nuestros pasos. Hoy más que nunca es preciso reconocer los aciertos y los motivos de orgullo sin dejar de traer al frente los errores y nuestras miserias dentro del concierto Latinoamericano. Argentina bien vale un Oscar: No todo es tan negativo.

Charly Sánchez

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~ por historiaenmarcha en 4 mayo, 2010.

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